Demonios frustrados y llorones

A veces mis demonios caminan y dan vueltas por la ciudad, todo lo que ven a su alrededor es caos, respiran el aire contaminado por aquél humo negro que sale por el escape de un bus. Sienten ahogarse, pero llegar a su destino es más importante.

Abordan el transporte público, se asfixian, se desesperan, sufren un poco. Llegan a su parada, bajan y luego corren hacia esa puerta gigante. Mis demonios practican los buenos modales y muestran ser educados, les gusta saludar a las personas que se encuentran a su paso. ¡Por fin! llegan a su destino, un salón con piso de madera, paredes cubiertas con espejos acompañados de unas barras de metal, unos cuadros de bailarines famosos que hacen juego con el verde raro que pinta la pared, en el centro, un reloj que indica el tiempo perfecto.

Se desvisten para luego colocarse unas medias de color negro transparentes y un leotardo negro. Sus dedos descalzos se aferran al piso de madera, sus manos a las barras, a lo lejos las notas de un piano invaden su piel, la voz que indica plié, relevé, pasé y balance, hacen que el cuerpo de mis demonios se estremezca, sufra y disfrute cada movimiento, cada nota del piano, cada gota de sudor que recorre la piel.

Mis demonios tienen días buenos en los que la derecha y la izquierda son el complemento perfecto para armonizar con el piano, sin embargo hay días malos, ¡malísimos!, como el de hoy en donde la frustración invade el ambiente y las notas de la música se vuelven un sonido desconcertante. En cada paso y salto les escucho gritar y morir poco a poco.

Mis demonios lloran de frustración y mueren. Se agotan, la armoniosa melodía catalana se convierte en estruendosos cañones disparando.
Las piernas de mis demonios pesan, se enredan y tambalean, la guerra termina, los cañones ya no se escuchan y el alma de mis demonios aún tiembla de coraje, miedo e ira.

Demonios y volcanes

Me perdí en los libros desordenados y en el azul de la habitación, su respiración sobre mi piel y sus mordidas me transportaban a lo inimaginable. Todos mis demonios sobre su cama, gimiendo y gruñendo envueltos por el desorden de las sábanas y la agitación de su alma, su lengua recorriendo mi cuello; sus manos temblorosas tomando mi cadera y acariciando mis piernas.

Moríamos y luego revivíamos.

Me reencontraba por segundos con su mirada perdida y extasiada. Mis manos se aferraban a su espalda como garrapatas.

Describo esto y aún siento mis piernas enredándose en su espalda, en sus hombros, en sus piernas, siento como mis dedos juegan con su piel formando círculos y estrellas, siento estremecerle y explotar dentro de mi como volcán.

Siento como mis demonios se quedan abandonados a la orilla de su cama, envueltos en sus brazos en una tarde de lluvia y de blues.

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De locuras y más…

Mirarte a los ojos,
ese brillo que me deja idiotizada de alguna manera hasta inmóvil.

Mi respiración agitada y ese extraño temblor de mi cuerpo cuando tu piel roza la mía. Tu manera estúpida de sonreír mientras te acercas y me abrazas.
Mi incontrolable deseo de acariciar tus labios con mis dedos.

Locura.

Totalmente locura imaginar conquistar mundos a escondidas.
Locura besarte y estrecharte contra mi cuerpo.

Morderte.

Locura el viento acariciandonos como espectador en el graderío.